Josep María Gras.
Hoy se cumplen 76 años del asesinato de uno de los más grandes poetas que la humanidad ha dado, García Lorca (1898-1936). Debido a sus acerados poemas y obras teatrales en contra de las injusticias sociales y a su indisimulada homosexualidad, fue una de la miles de víctimas asesinadas en las cunetas españolas por la mano de la intolerancia y del odio de los españoles franquistas.
Federico García Lorca fue miembro de la mítica Generación del 27, es el mayor referente de la literatura española del siglo XX. También escribió numerosas obras de teatro, género en el que también se lo considera autoridad e ícono del siglo pasado, destacándose Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba y Yerma. Fue asesinado en Granada durante la Guerra Civil Española.
Aún hoy, tenemos que soportar la injusticia de no saber en dónde permanecen sus restos mortales porque una conveniente ley de amnistía (escandalosamente pactada entre fuerzas de la derecha y de la izquierda española en la época de la transición) no permite, después de tantos años, localizar a las víctimas asesinadas y enterradas en fosas comunes para que puedan ser debidamente sepultadas y así intentar cerrar definitivamente el golpe de estado perpetrado en 1936 contra un gobierno legítimamente escogido por los ciudadanos, por un contubernio castellano-católico-franquista que provocó la espantosa guerra civil española.
Recordemos que una de las últimas víctimas por querer enmendar esta injusticia y traer consuelo a muchas de estas familias fue el Juez Baltazar Garzón, quien al mostrarse y gestionar desde su responsabilidad como juez en aquel momento, fue apartado de su cargo y expulsado del Poder Judicial sin contemplaciones, ya que en estos momentos en España, y después de haber transcurrido tantos años, aún hay jueces, políticos, empresarios y eclesiásticos católicos que tienen sus manos manchadas de sangre.
Muerto de amor
¿Qué es aquello que reluce
por los altos corredores?
Cierra la puerta, hijo mío,
acaban de dar las once.
En mis ojos, sin querer,
relumbran cuatro faroles.
Será que la gente aquélla
estará fregando el cobre.
*
Ajo de agónica plata
la luna menguante, pone
cabelleras amarillas
a las amarillas torres.
La noche llama temblando
al cristal de los balcones,
perseguida por los mil
perros que no la conocen,
y un olor de vino y ámbar
viene de los corredores.
*
Brisas de caña mojada
y rumor de viejas voces,
resonaban por el arco
roto de la media noche.
Bueyes y rosas dormían.
Solo por los corredores
las cuatro luces clamaban
con el fulgor de San Jorge.
Tristes mujeres del valle
bajaban su sangre de hombre,
tranquila de flor cortada
y amarga de muslo joven.
Viejas mujeres del río
lloraban al pie del monte,
un minuto intransitable
de cabelleras y nombres.
Fachadas de cal, ponían
cuadrada y blanca la noche.
Serafines y gitanos
tocaban acordeones.
Madre, cuando yo me muera,
que se enteren los señores.
Pon telegramas azules
que vayan del Sur al Norte.
Siete gritos, siete sangres,
siete adormideras dobles,
quebraron opacas lunas
en los oscuros salones.
Lleno de manos cortadas
y coronitas de flores,
el mar de los juramentos
resonaba, no sé dónde.
Y el cielo daba portazos
al brusco rumor del bosque,
mientras clamaban las luces
en los altos corredores.