Por José Merino del Río.
La lógica cruel y brutal con la que está operando el capitalismo neoliberal queda ahora al desnudo en España. Se encienden todas las luces de alarma y el sistema acude presuroso al rescate.
¿De los trabajadores sin trabajo, de las familias que pierden sus hogares, de las pensiones devaluadas, de los salarios que no alcanzan para llegar a fin de mes, de la sanidad o de la educación públicas que han visto recortados salvajemente sus presupuestos, de los que pasan hambre, de los pequeños y medianos empresarios en quiebra, de los jóvenes sin futuro, de los ahorros familiares en peligro...?
Nada de eso. De los bancos. Hay que salvar a los bancos y a los banqueros de la quiebra. Hay que impedir que se hundan los que se han enriquecido todavía más con la crisis financiera y económica, los que han manejado fraudulentamente las entidades financieras, las dietas y comisiones faraónicas de los altos ejecutivos. Hay que taparle el trasero a los políticos que no hicieron nada, que fueron cómplices y que incluso participaron en el festin.
Hay que rescatar a los ladrones
Así está funcionando este capitalismo salvaje, que devora a cientos de millones de personas en todo el planeta y que destruye derechos todos los días.
Lo vimos cuando estalló la crisis en el 2008 en Estados Unidos, ya sucedía antes, pero desde entonces la humanidad no había sido testigo de un asalto a los derechos de las grandes mayorías de estas magnitudes colosales. Ahora le toca el turno a Europa. Pero siempre es lo mismo: cantidades de dinero que no nos caben en la cabeza para salvar a unas minorías de grandes multimillonarios, a costa a veces hasta de la vida de pueblos enteros.
La crisis se propaga como la peste a otras partes del mundo. El proceso de socialización de las perdidas bancarias poco a poco nos involucra a todos, los amos del mundo son expertos en esta materia.
También en todos los lados estallan focos de protesta e indignación. Millones de personas no se resignan. Pero es difícil cambiar las cosas, largas tradiciones de sumisión que el sistema logró que formara incluso parte del código genético de la obediencia: "así son las cosas, así han sido siempre y así continuarán siendo en el futuro".
La familia, la escuela, la iglesia, los medios, un aparataje ideológico eficaz y complejo, nos inculca desde la infancia una especie de fatal conformismo. Y además está el miedo, y los ejércitos, y las fuerzas policiales y los jueces y partidos, que cuando hay crisis se ponen en marcha para que nada pase, o que a lo sumo todo cambie para que nada cambie.
Pero la conciencia a lo largo de la historia de terror y sufrimiento que ha sido, con pocas excepciones, el devenir de la condición humana, nunca ha podido ser definitivamente enterrada ni encarcelada.
La gente abre los ojos y quiere ponerse de pie, y marchar porque tiene que ser posible darle la vuelta a la tortilla. Que paguen los bancos para salvar a la gente.